Estrategia integral para mejorar la calidad de la cáscara en gallinas ponedoras: claves para ciclos productivos más largo
La calidad de la cáscara comienza mucho antes del primer huevo
La calidad de la cáscara sigue siendo uno de los factores que más influye en la rentabilidad de la producción comercial de huevos. Una cáscara resistente reduce las pérdidas por roturas, mejora la calidad del producto final y contribuye a prolongar la vida útil de las gallinas ponedoras, especialmente en los actuales sistemas de producción, donde los ciclos son cada vez más largos.
Las líneas genéticas modernas producen durante más tiempo, con aves capaces de mantener elevados niveles de puesta durante muchas semanas. Sin embargo, este potencial también incrementa la exigencia fisiológica, especialmente en la formación de la cáscara. Por ello, la investigación científica coincide en que no existe una única solución, sino una estrategia integral que debe comenzar durante la recría y mantenerse durante toda la vida productiva del animal.
La recría determina la calidad de la cáscara en el futuro
Diversos estudios demuestran que el desarrollo del esqueleto durante las primeras semanas de vida condiciona directamente la capacidad de la gallina para mantener una buena calidad de cáscara en edades avanzadas.
Hasta aproximadamente las semanas 17 o 18, las pollitas desarrollan el hueso cortical y trabecular, que constituyen la principal reserva mineral del organismo. Tras la madurez sexual, la acción de los estrógenos modifica este proceso y el ave comienza a formar principalmente hueso medular, destinado a suministrar calcio para la producción del huevo.
Si el desarrollo óseo durante la recría es insuficiente, las consecuencias aparecen meses después:
- Menor capacidad para sostener ciclos largos.
- Mayor movilización del hueso estructural.
- Incremento del riesgo de fracturas.
- Deterioro progresivo de la calidad de la cáscara.
Los especialistas destacan que las pollitas no evolucionan todas al mismo ritmo. La edad fisiológica no siempre coincide con la edad cronológica, por lo que la alimentación, la iluminación y el manejo deben adaptarse al grado real de desarrollo del lote y no únicamente al calendario.
El tamaño del carbonato cálcico también importa
Uno de los aspectos que ha cobrado mayor relevancia en los últimos años es el tamaño de partícula del carbonato cálcico utilizado durante la recría.
Las investigaciones muestran que el empleo de partículas cercanas a un milímetro favorece una mejor mineralización ósea y reduce la incidencia de deformaciones del esqueleto tanto durante el crecimiento como en la fase de producción.
Posteriormente, conforme las aves se aproximan al inicio de la puesta, resulta recomendable incorporar de forma progresiva partículas más gruesas, que preparan al animal para una utilización más eficiente del calcio durante la producción.
La uniformidad del lote también desempeña un papel determinante. Cuando existen diferencias importantes entre aves, algunas inician la puesta sin haber completado correctamente su desarrollo mineral, comprometiendo la calidad de la cáscara desde las primeras semanas de producción.
Nutrición mineral: sincronizar el calcio con las necesidades de la gallina
La cáscara está formada aproximadamente por un 95 % de carbonato cálcico y cada huevo requiere alrededor de 2,3 gramos de calcio. Una parte procede directamente del alimento y el resto se obtiene de las reservas óseas.
El verdadero reto consiste en garantizar que ese calcio esté disponible precisamente durante las horas en las que se forma la cáscara, un proceso que ocurre mayoritariamente durante la noche.
Las partículas finas de carbonato cálcico abandonan rápidamente el tracto digestivo, obligando a la gallina a recurrir a sus reservas óseas. En cambio, las partículas gruesas permanecen más tiempo en la molleja y liberan calcio de forma gradual, mejorando el grosor, la resistencia y la densidad de la cáscara, además de preservar la integridad del esqueleto.
El debate sobre la dieta de prepuesta
La alimentación durante las semanas previas al inicio de la puesta continúa siendo uno de los aspectos más debatidos.
Las evidencias actuales indican que las dietas con niveles bajos de calcio durante esta fase pueden resultar insuficientes para desarrollar adecuadamente el hueso medular, imprescindible para cubrir las elevadas demandas minerales del inicio de la producción.
Por el contrario, incrementar el contenido de calcio hasta valores cercanos al 3,8-4 % permite mejorar la retención mineral, fortalecer el esqueleto y mantener una mayor calidad de la cáscara durante todo el ciclo productivo, sin efectos negativos sobre el rendimiento.
Asimismo, la relación entre calcio y fósforo debe ajustarse conforme avanza la edad del ave. Un exceso de fósforo puede interferir en la correcta mineralización, mientras que la utilización de fitasas permite aprovechar mejor el fósforo presente en las materias primas, reducir el empleo de fosfatos inorgánicos y disminuir la excreción de este mineral al medio ambiente.
Salud intestinal: el gran factor olvidado
No basta con aportar suficiente calcio en la dieta si el intestino no es capaz de absorberlo de forma eficiente.
Con el envejecimiento de las gallinas disminuye la actividad de determinadas enzimas implicadas en la absorción del calcio y también se producen modificaciones en la estructura de la mucosa intestinal, reduciendo la superficie disponible para captar minerales.
Mantener una buena salud intestinal se convierte así en un requisito indispensable para conservar la calidad de la cáscara durante los ciclos largos.
En este contexto, diversos trabajos destacan el interés de determinadas fuentes orgánicas de zinc, que favorecen la actividad de la anhidrasa carbónica, enzima esencial para el transporte del calcio.
Además, el horario de alimentación también influye. Cuando las gallinas consumen una mayor proporción del pienso durante la tarde, el calcio permanece disponible durante más tiempo coincidiendo con el periodo de máxima calcificación nocturna.
Un hígado sano también mejora la calidad de la cáscara
El metabolismo hepático es otro de los pilares fundamentales para mantener una producción eficiente.
Durante los ciclos largos, el hígado debe sintetizar los lípidos necesarios para la formación de la yema sin comprometer el equilibrio metabólico del animal.
Las dietas con exceso de almidón y escasa presencia de aceites favorecen la lipogénesis hepática, incrementan la acumulación de grasa en este órgano y aumentan el riesgo de hígado graso.
Por el contrario, una formulación equilibrada, con fuentes lipídicas adecuadas, contribuye a estabilizar el metabolismo energético y favorece indirectamente una correcta utilización del calcio durante la formación de la cáscara.
Una estrategia global para obtener mejores resultados
Los expertos coinciden en que mejorar la calidad de la cáscara requiere abordar simultáneamente varios factores. La recría debe orientarse al desarrollo de un esqueleto fuerte y uniforme; la nutrición mineral debe adaptarse a cada fase fisiológica; el intestino debe conservar una elevada capacidad de absorción y el hígado mantenerse metabólicamente estable durante todo el ciclo productivo.
La combinación de estas estrategias permite reducir la movilización del hueso estructural, mejorar el aprovechamiento del calcio y mantener una cáscara más resistente incluso en gallinas de edad avanzada.
En un contexto donde la industria avícola busca prolongar los ciclos de producción sin comprometer la calidad del huevo, este enfoque integral se perfila como la herramienta más eficaz para mejorar la rentabilidad de las explotaciones, reducir las pérdidas y garantizar una producción más eficiente y sostenible.


